Fotos: Darinka Gómez/Cortesía Fernando Sagaseta

Las cataratas de la pobreza

Además de la edad, trabajar largas horas bajo el sol, la malnutrición y la diabetes han ocasionado que los habitantes de La Montaña de Guerrero padezcan de cataratas
Darinka Gómez | El Universal
14 Enero, 2019 | 16:18 hrs.

Temprano, cuando apenas los primeros rayos de sol se asoman por el horizonte, Georgina López, una anciana de más de 75 años, sale rumbo al pueblo de Tlapa de Comonfort, que forma parte de la región de La Montaña, en Guerrero, a dos horas de su casa.

No le importa que no puede ver los rayos de luz. Y es que va en busca de ella. Tiene la esperanza de recuperar la vista que perdió hace más de 15 años cuando su edad avanzada y la malnutrición, la hicieron quedar en tinieblas debido a las cataratas.

En los próximos tres días, más de 200 personas podrán volver a ver sin tener que pagar un sólo peso por la cirugía. Desde hace 20 años, un grupo de voluntarios se reúne para quitar las cortinas que cubren los ojos de decenas de personas marginadas.

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Otro tipo de cataratas

En la sala de espera se encuentran los pacientes emocionados por ser intervenidos. Uno de ellos es Georgina. Cuando se le pregunta si puede ver, muy bajito responde: “No más tantito.

Ya no puedo cocinar, no me puedo echar mi tortilla y, ¿qué voy a comer, pues? No la puedo echar porque me voy a quemar”.

En otros casos las historias son similares, el señor Rodolfo dice que no puede caminar porque se puede caer y María que no puede trabajar ni ir sola a la tienda.

La catarata de Georgina, como la de los otros pacientes que esperan, inició como una pequeña mancha en el ojo que le impedía ver con claridad y avanzó sin parar hasta nublar su vista casi por completo.

Ahora, su cristalino, el lente natural y transparente que el ojo utiliza para enfocar correctamente los objetos, se volvió opaco e impidió el paso de la luz, es decir, se formó una catarata.

En La Montaña, al igual que en muchas otras zonas marginadas del país, las cataratas llevan años avanzando, endureciéndose, haciéndose cada vez más difíciles de operar pues quienes las padecen no pueden pagar por una cirugía que ronda los 19 mil pesos. Estas personas apenas tienen para comer, así que se resignan a vivir en la oscuridad.

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La Secretaría de Salud no cuenta con cifras de cuántas personas tienen este problema en México, pero la Organización Mundial de la Salud estima que alrededor del 50% de los adultos mayores de entre 65 y 74 años padecen cataratas en el mundo.

De acuerdo con el estudio "Epidemiology of Cataract in the Mexican Population, by 2020", para ese año habrá 23 millones de personas mayores de 78 años. Se presume que el 65% podría tener alguna discapacidad visual, y de éste el 60% tendría cataratas, es decir, más de 9 millones de mexicanos, según la proyección basada en cifras del último censo de población (2010) realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y proyecciones del Consejo Nacional de Población (CONAPO).

Aunque la principal causa de este problema visual es la edad avanzada, muchos de los que viven a los alrededores tienen otros factores que también las provocan, como la exposición crónica a los rayos UV, debido a que muchos de ellos trabajan al aire libre, la malnutrición y la diabetes, son cataratas de la pobreza.

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Un cuarto abandonado

En 1993, el médico cirujano Jorge Castro fue invitado por médicos austriacos para realizar una jornada de salud en Tlapa. Castro aceptó sin sospechar que esa decisión no sólo cambiaría su vida, sino la de una comunidad.

Vinimos juntos durante cuatro años seguidos hasta que ellos dejaron de venir y yo me quedé solo”, recuerda el cirujano.

Para poder continuar con la ayuda, el doctor tuvo que buscar un reemplazo a sus colegas. “Lo único que pude conseguir para seguir con el trabajo fue a un compañero oftalmólogo. Él me dijo 'pues yo lo único que puedo hacer son cirugías de cataratas, ¿te sirve?', y yo le contesté '¿cuándo empezamos?’”.

Iniciaron en un cuarto abandonado de la Cruz Roja que poco a poco fueron acondicionando hasta convertirlo en un consultorio y quirófano donde realizaban algunas cirugías al año.  Tiempo después, el Gobierno le donó unas bodegas de la Conasupo en donde instaló un comedor comunitario, que a diario alimenta a más de 100 niños; un taller de costura para capacitar a las mujeres en un oficio; una purificadora de agua y, lo más importante, las salas de operación para la jornada anual de cirugías de cataratas.

En 1997 el cirujano decidió crear una fundación para reunir recursos que le permitieran aumentar el apoyo. Fue así como nació Fundación MAS, y con ella, un cambio de vida para miles de habitantes de la comunidad. Cada año, alrededor de 25 médicos voluntarios operan a un total de 250 personas.
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En sus marcas...

Tras la inauguración de las jornadas no hay tiempo que perder pues tienen hasta las 10 de la noche para realizar 30 cirugías. En el segundo y tercer deberán ser entre 80 y 90 y las restantes se realizan los días siguientes, hasta alcanzar las 250. Es un trabajo pesado, de 20 a 30 minutos por cirugía, si éstas no presentan complicaciones.

El procedimiento quirúrgico consiste en realizar una incisión de dos a tres milímetros en el ojo del paciente para introducir un colorante que identifica estructuras que se deben quitar.

Después de esto, retira la capa superficial del cristalino y entonces procede a romper la catarata por medio del uso de ultrasonido.

Ahora la catarata ha quedado reducida a “escombros”, mismos que serán aspirados. Una vez limpia la zona, se inserta un lente intraocular que le permitirá al paciente recuperar su autonomía.

“En las cirugías usamos la técnica más común que es la facoemulsificación, una técnica moderna que permite hacer incisiones muy pequeñas”, dice el el oftalmólogo Alejandro Babayán Sosa, uno de los voluntarios.

Para él, participar es un privilegio pues “a pesar de los periodos largos de trabajo, nada se compara con la alegría de verlos al día siguiente cuando les cambia la vida el recuperar la vista”.

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La Montaña

Para la gente con discapacidad visual de los 19 municipios que componen La Montaña, su única esperanza es viajar durante horas hasta el poblado de Tlapa de Comonfort.

Además de ellos, durante las jornadas visuales, a este municipio llega también gente del sur de Puebla y del norte de Oaxaca en busca la posibilidad de volver a ver la luz.

La gente de estos puntos remotos sabe de la existencia de las cirugías gracias a La Voz de la Montaña, una de las emisoras radiales para la comunidad indígena más importantes del país. Es a través de este medio de comunicación que la gente se entera que, en Tlapa, hay un doctor que puede devolverles sus ojos. El mensaje se transmite en los distintos idiomas que se hablan en la región y es así como todos pueden entenderlo.

Y es que además de la pobreza, la lejanía y el analfabetismo, otro de los principales obstáculos al momento de intentar lleva salud a la gente es el lenguaje. Aquí mucha gente no habla español y es posible encontrar una gran cantidad de idiomas diferentes entre los que se encuentran el náhuatl, el mixteco, el tlapaneco y el mestizo, por mencionar los más comunes.

Para poder establecer comunicación con los pacientes se valen de algunas de las personas que laboran en la clínica. Son gente de ahí, de Tlapa, y algunos de ellos hablan las lenguas de sus poblados originales.

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Volver a ver

“Hay un ingrediente entre la gente pobre que es la falta de esperanza, la gente no cree. No creen en que otros puedan ayudarles porque asumen la pobreza y la enfermedad como algo que no pueden evitar”, explica el médico Castro.

Al día siguiente de la primera ronda de cirugías quienes fueron operados esperan pacientemente a que los médicos vengan a retirar las gasas. Poco a poco, uno tras otro, los parches desaparecen.

Ahora es el turno de Georgina. Con la mayor delicadeza posible, suavemente para no jalar la piel, la doctora va retirando el parche que protege su ojo tras la operación.

Lo abre con un poco de temor, tratando de despegar los párpados que han quedado unidos por lagañas.

—¿Cómo se siente?

—Ya bien

—¿Puede ver?

Sí ya veo, veo poquito. Antes no veía nada, pues. Pero sí, veo un poquito. Veo tu cara, dice Georgina.

Mientras les van quitando los parches, los demás expresan la misma emoción. Se muestran agradecidos. “Gracias al doctor, es un ángel”, dicen.

Ahora es importante que sigan las recomendaciones para que recuperen cada vez más la visión, como no cargar cosas pesadas, no agacharse y ponerse las gotas antiinflamatorias y antibióticas cuatro veces al día, durante el tiempo que indique el médico, dependiendo de la evolución de la herida.

Tras un viaje caluroso y largo, Rodolfo ya camina solo y María podrá volver a trabajar.

Mientras que Georgina puede volver a casa y disfrutar nuevamente de sus tortillas, hechas con sus propias manos.

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