Especial

La historia de un bipolar que aprendió a gozar la vida

La bipolaridad es una condición mental grave en la que la persona afectada tiene un mal funcionamiento del cerebro
Paula Castañeda | El Tiempo
26 Enero, 2018 | 13:30 hrs.

Después de haber sido gerente de exportaciones de una reconocida empresa del sector de la construcción y de consolidarse como ingeniero, Jorge Arturo Noriega lo perdió todo a los 50 años. Apartamentos, carros, acciones en el club, su trabajo, amigos y hasta su familia. Todo se fue al piso después de que la bipolaridad apareció.

Jorge Noriega es ingeniero civil de la Universidad Nacional y especialista en mercados de la Universidad de los Andes. Tenía todo lo que había soñado. Pero en 1998 su mundo dio un giro inesperado en medio de la presión y del estrés del trabajo. Empezó a sentirse deprimido. Se sentía cansado de viajar de un lado al otro por las exigencias laborales, que le terminaron ocasionando problemas con su entonces esposa.

Lo anterior sumado a una gran carga económica, pues sus dos hijas mayores estaban en la universidad y el niño pequeño, en el colegio. Con el tiempo empezó a sentirse cada más irritable, y esa situación le generó malas relaciones en su trabajo, hasta que terminó renunciando en 1999.

Por ese entonces Noriega empezó a experimentar episodios extraños: “El televisor me hablaba, y sentía que Dios me estaba buscando. Eran delirios y alucinaciones. También sufría fuertes delirios de persecución; un día experimentó en su mente que la guerrilla iba a secuestrar a su familia. Su esposa trató de encontrar ayuda.

El diagnóstico clínico de Noriega coincidía con los definidos en la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos: trastorno bipolar tipo 1, el más grave, con síntomas psicóticos, muy parecido a la esquizofrenia; trastorno esquizoafectivo, que provoca tanto pérdida de contacto con la realidad (psicosis) como problemas anímicos; y, finalmente, trastorno paranoide de la personalidad, que altera el comportamiento y la personalidad.

Noriega empezó a tomar los medicamentos prescritos por los psiquiatras: antipsicóticos, antidepresivos, inductores del sueño, ansiolíticos. Y litio, un estabilizador del ánimo que deben tomar casi que religiosamente todos los bipolares. Pero su situación no mejoraba.

“La bipolaridad es una condición mental grave en la que la persona afectada tiene un mal funcionamiento del cerebro y se le daña –por así decirlo– el ‘interruptor’ que regula los estados de ánimo y energía”, dice Jorge.

Jorge experimentaba episodios de extrema felicidad y energía – manía–, en los que veía la vida de manera diferente. “Se experimenta gran felicidad y todo se siente mejor, todo huele bien, la música se oye mejor, todo se ve más brillante. Yo levitaba”, cuenta.

En el 2003, tres años después desde la primera vez que lo internaron, vio una noticia en la televisión: hablaban de la Asociación Colombiana de Bipolares. Allí fue a parar, e hizo una nueva amiga: Natalia Rodríguez, una joven que le habló de sus derechos y, sobre todo, de uno que él tenía pendiente: el de la pensión que abonó por tantos años.

Lo declararon discapacitado. Pero le negaron la pensión por supuestamente no cumplir con las semanas cotizadas; había trabajado durante 22 años.

La estabilidad la recuperó en el 2007, cuando, según él, logró un equilibrio entre la medicina y la fe. Su tratamiento consiste en 10% de medicamento y 90% de cambios en su estilo de vida. Un día de ese año conoció al sacerdote Jorge Ferro, quien le habló de Dios. “Todo comenzó a arreglarse, y me llené de tranquilidad”.

También le ayudo lo que el psicólogo Francesc Colom y el jefe del programa de Trastorno Bipolar del Hospital Clinic de Barcelona, Eduard Vieta, describen en su libro De la euforia a la tristeza: la bipolaridad no hay que curarla, hay que dormirla.

“La bipolaridad es la enfermedad de los juiciosos; superar esta condición se logra estando tranquilos; el alcohol, la trasnochada, la gritería, la música dura, todos esos estimulantes son malísimos. Hay que estar tranquilos porque si no, no hay cura”, cuenta.

Actualmente Jorge continúa siendo parte de la Asociación Colombiana de Bipolares, donde ayuda a cientos de jóvenes y adultos que llegan “con su vida hecha pedazos” – como él dice– y se dedica a hacerlos entender que su condición necesita de cambios de vida y que pueden seguir siendo perfectamente funcionales para la sociedad.

 

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